Nuestra historia comenzó con un deseo sencillo: vivir una vida tranquila en armonía con la naturaleza.
Antes de abrir su primer centro de retiros, nuestro fundador, Pema, pasó años viviendo y formándose en templos budistas, sumergiéndose en las antiguas tradiciones de la meditación, las artes marciales y el yoga. Aunque estas prácticas se convirtieron en su base, nunca planeó enseñar; su único objetivo era vivir la verdad que había descubierto a través de una realización que le cambió la vida y años de práctica dedicada.
Al llegar a Colombia, soñaba con una vida yóguica y tranquila en la selva. Pero la vida tenía otros planes. Una experiencia repentina cercana a la muerte lo llevó a un hospital en Medellín. En el silencio de su recuperación, recurrió a sus años de entrenamiento para encontrar la fuerza necesaria para sanar.
Al notar la paz y la resiliencia que transmitía, otros pacientes y visitantes comenzaron a pedirle guía, buscando la misma quietud que veían en él. Pema contactó a su propio maestro para preguntarle si debía cumplir con estas peticiones. Su maestro no solo lo animó a enseñar, sino que le pidió que dedicara su vida a este camino.
Lo que comenzó como una recuperación personal en una sala de hospital, pronto se convirtió en una misión compartida. En 2016, abrió La Casa de Loto, y en 2025, Senda Loto—santuarios donde el entrenamiento ancestral de los templos se encuentra con las necesidades prácticas del buscador moderno.
Pema es un experimentado guía de meditación y yogui con más de 15 años de práctica dedicada en el budismo tibetano, especialmente en la tradición Dzogchen. Ha estudiado y se ha formado con algunos de los maestros más respetados de nuestro tiempo, como S.S. el Dalai Lama, Dzongsar Khyentse, Dzogchen Ponlop y su maestro raíz, el gran yogui Loppon Jigme Rinpoche.
Perder a sus padres en la infancia le dejó una profunda huella. Ese dolor desencadenó una búsqueda de sentido que duró toda la vida. La música se convirtió en su primer refugio, lo que le permitió desarrollar una carrera exitosa; pero incluso en la cima del éxito, algo faltaba. El silencio bajo el ruido seguía creciendo, hasta que lo arrastró a una oscuridad de la que ya no podía escapar.
En su punto más bajo, cuando consideró quitarse la vida, vio una simple verdad: que todos los pensamientos y emociones son meras proyecciones de la mente sin esencia, vacías de sustancia. Así que se desprendió. De la carrera. De la persecución. De todo lo que creía ser. Se alejó de la vida que conocía y partió en solitario: recorrió países, realizó largos retiros y se adentró en lo desconocido. Se formó con yoguis apasionados y maestros budistas, enfrentándose a sí mismo una y otra vez en silencio y soledad.
Hoy, las enseñanzas de Pema son crudas, reales y arraigadas en la experiencia vivida. Sin rodeos. Sin representaciones espirituales. Solo la perspectiva práctica de alguien que ha estado al límite y ha encontrado la salida.
Volverse real es, quizás, la parte más importante —y más ignorada— del camino espiritual. No se trata de convertirse en algo más, sino de desprenderse de lo que no es verdadero. Las máscaras, los roles, las identidades pulidas que hemos pasado toda una vida construyendo. ¿Y la parte más difícil? Darse cuenta de que incluso nuestro camino espiritual puede convertirse en otra máscara más.
El materialismo, en su forma habitual, es fácil de reconocer: la interminable búsqueda de posesiones, comodidad, estatus y validación. Nos aferramos a lo externo, esperando que algo “allá afuera” nos haga sentir completos. Pero ese aferramiento nos desconecta: de los demás, de nuestro ser más profundo y del momento presente que tenemos frente a nosotros. Empezamos a vivir en la superficie de la vida —ocupados, consumidos y, de manera sutil, con miedo de detenernos y sentir lo que hay debajo.
Entonces damos un paso hacia el camino espiritual, esperando algo más real. Pero sin consciencia, ese mismo aferramiento nos sigue. Solo que ahora está cubierto con el lenguaje y las prácticas espirituales. Perseguimos comprensiones en lugar de ingresos, buscamos el estatus de una persona “sabia” o “despierta” en lugar del éxito mundano. Podemos meditar, hacer yoga o estudiar enseñanzas —todas cosas valiosas—, pero con la silenciosa esperanza de que nos eleven por encima de los demás o nos protejan del malestar.
Esto es el materialismo espiritual: cuando la espiritualidad se convierte en otra forma de fortalecer el ego. Y, al igual que el materialismo común, también crea distancia. Podemos sentirnos “por encima” de quienes aún “no han despertado”. Podemos esconder nuestro dolor detrás de las enseñanzas o fingir que hemos trascendido cosas en las que todavía estamos profundamente enredados. Nos desconectamos —de nuestra vulnerabilidad, de la conexión sincera, de la humildad que hace posible el amor.
La verdadera espiritualidad nos reconecta. Y es aquí donde el vipassanā —la meditación de la visión profunda— desempeña un papel fundamental. Al observar suavemente nuestra experiencia, vipassanā revela los patrones habituales de apego y aferramiento que nos mantienen atrapados en la ilusión. Nos muestra las máscaras momento a momento, con compasión y claridad, ayudándonos a soltar —no por fuerza, sino por un reconocimiento natural.
Nos rompe por dentro, no para hacernos mejores que los demás, sino para hacernos reales. Nos pide dejar de actuar —por aprobación, por éxito, por validación espiritual— y simplemente estar aquí, plenamente. Presentes, imperfectos, despiertos a nuestras propias contradicciones. Dispuestos a sentir. Dispuestos a no saber. Dispuestos a dejar que el ego muera un poco, una y otra vez.
Cuando soltamos la necesidad de ser alguien —ya sea alguien rico o iluminado— comenzamos a regresar a la vida, a la sencillez, a la bondad, a la presencia silenciosa. Y en ese espacio sucede algo sagrado: nos reconectamos. Con nosotros mismos. Con los demás. Con el mundo tal como es.
Y ese es el comienzo de la libertad —no al convertirnos en más, sino al volvernos reales.